Translate

viernes, 7 de septiembre de 2012

Reducción al absurdo



            Nunca he creído en las coincidencias. Pienso que todo lo que ocurre, obedece a una lógica funcional, de la cual en muchas oportunidades desconocemos las ecuaciones, los teoremas, las variables que forman parte de ese todo que produce una determinada consecuencia.
            Por ejemplo, en la Venezuela de hoy, la que nos toca transitar, casi siempre la lógica social, obedece a los postulados del teorema de “Reducción al absurdo”, que aprendimos en los cursos iniciáticos de matemáticas universitaria. El teorema establece la validez de una proposición, probando que la premisa de que la proposición sea falsa implica una contradicción.
            Para explicarlo de una manera más sencilla utilizaremos un ejemplo sobre la forma como se emplea este teorema. Si se dice que: un triángulo equilátero es un triángulo con todos los tres lados de la misma longitud (proposición inicial), se niega esta proposición (en un triángulo equilátero todos los tres lados tienen longitudes distintas). Ahora, se hace un desarrollo mediante artificios algebraico-trigonométricos, partiendo de la proposición negada y se obtiene un resultado, que de ser absurdo, implica que la proposición inicial era correcta.  ¿Enrevesado no?, pero así funciona nuestra mente, es decir, la mente del común de los venezolanos.
            A través del tiempo algunos políticos criollos se han dado cuenta de esta situación, haciendo uso de la Reducción al absurdo, pero empleando artificios chapuceros, apalancados en las posibilidades de manipulación que da el uso del poder; nos presentan una realidad ficticia que sustituye la realidad real, y nos hace dudar de lo que perciben nuestros sentidos, creando en nuestra mente una sensación fantástica, una esperanza de bienestar, que sólo existe en nuestro inconsciente.
            Aunque parezca increíble esta situación ocurre de manera cotidiana, ocasionando por lo general funestas consecuencias. Es como si el día a día de toda una nación estuviera siendo representada en un enorme teatro, dotado de una amplia gama de efectos especiales.
            Recuerdo ahora fragmentos de la novela Nieve, del escritor turco Orhan Pamuck. En los capítulos  diecisiete  y dieciocho, titulados respectivamente O la patria o el velo, y ¡No disparen, las armas están cargadas!, Pamuck describe la puesta en escena de una obra de teatro cuya sencilla trama narra las vicisitudes de una mujer turca, que decide romper con las estrictas imposiciones religiosas que la obligan a utilizar un charsfald de manera perenne. Un día ella decide no utilizar más la prenda, despojándose entonces de ella y consiguiendo instantes de felicidad. Su familia y el novio, oponiéndose a esa actitud rebelde, la obligan a utilizar el charsfald de nuevo; sin embargo ella como buena heroína, en un rapto de rebeldía se despoja del charsfald negro y lo quema, acto que provoca la furia de fanáticos religiosos que arremeten contra ella, y cuando están a punto de acabar con su vida es rescatada por un grupo de jóvenes soldados de la República.
            En el relato de Pamuck, la obra se va desarrollando según explicamos en el párrafo anterior; pero al momento final, cuando entran en escena los jóvenes soldados de la República, la obra deja de ser ficción teatral y se vuelve una realidad estremecedora. Los soldados cargan sus armas, las apuntan hacia el público y comienzan a lanzar descargas verdaderas que hacen blanco en varios de los inocentes espectadores, matándolos al instante.
            Los asistentes a la función no podían separar la ficción de la realidad y permanecían en sus butacas pensando que todo se trataba de una novedad escénica que seguía alguna moda occidental. Tan siquiera al verse salpicados por la sangre y los sesos de los caídos reaccionaban, convirtiéndose en dóciles víctimas de las descargas subsiguientes. Muy tarde se percataron de lo que en realidad ocurría y la masacre, disfrazada de movimiento revolucionario, se había consumado.
            De la misma manera que describe Pamuck en su novela, el país entero ha vivido durante años el montaje de una obra revolucionaria a la que nadie pidió asistir. Nos vendieron entradas para un Cambio Democrático, y tan pronto se montaron en la tarima los actores empezaron a desarrollar la intrincada trama de la Revolución del Siglo XXI.
            Día tras día, año tras año, la mentirosa tramoya teatral blindada de efectos especiales, ha ido construyendo la realidad ficticia que camufla la realidad real, condenándola a un anonimato que permite la aplicación de la lógica del absurdo como política gubernamental.
            Es así como en un país de huertos organopónicos, gallineros verticales, rutas de empanadas, tanques de guerra Tiuna, vehículos automotores iraníes, bicicletas cubanas, barrios tricolores, asistencia médica primaria en manos de extranjeros, estructuras invadidas que consiguen premios de reconocimiento en la culta Europa, y últimamente plagado de viviendas “dignas” a medio construir; se vive la fábula del nuevo socialismo, del socialismo del siglo XXI, del cual tampoco conocemos mayor detalle, pero con el cual nuestro humilde país contribuirá a la preservación de la vida en el planeta y la salvación de la especie humana.
            Es por ello que a pocos días de un proceso electoral crucial para el destino de nuestra patria, y en medio de una tragedia que nunca debió ocurrir, escuchamos atónitos como el responsable de toda la cadena de desgracias que nos aquejan, dice en una muestra irrefutable de claridad que: “la función debe continuar”, parafraseando a los grandes empresarios norteamericanos del show business. 
            Aunque nos duela el sarcasmo, él tiene razón, es verdad, él sabe que todo es parte de una gran función que tiene que seguir adelante para perpetuarse en el poder. De nuevo la tramoya, el maquillaje, los efectos especiales para convertir, la criminal negligencia que ocasionó la tragedia en un acto de heroísmo sublime, en otro logro revolucionario.
            Frente a la tarima el país entero, unos aplauden, otros rechiflan, mientras un importante grupo de espectadores, cercano al treinta por ciento de la audiencia, guarda un silencio peligroso. Triste circunstancia en la que ellos, los que Ni aplauden, Ni pitan son los que en definitiva decidirán si la función continúa o no, en una situación similar a la obra de Pamuk donde los soldados de la República nos estarán apuntando con sus armas desde el escenario.

No hay comentarios:

Publicar un comentario